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ciencia ficción

El universo de Óliver - Magia, infancia y nostalgia en la Andalucía ochentera

A la hora de mirar atrás en el tiempo, siempre va a haber algún acontecimiento que hayamos presenciado que nos venga rápidamente a la mente y que lo recordemos precisamente por aquello que nos evocó en aquel momento. Aunque el avistamiento del cometa Halley para muchos haya despertado un sentimiento de indiferencia, es aquí cuando la subjetividad ocupa lugar y siempre está aquel que afirma lo mucho que le marcó dicho evento en su vida. Dentro de este club se encuentran Miguel Ángel González y Alexis Morante, autores de la novela y de la película adaptativa de El Universo de Óliver respectivamente. 


A diferencia de muchos, el transcurso y la definitiva llegada del cometa fue un episodio que conmocionó tanto a escritor como a director. Con este hecho como telón de fondo, el espectador se sumerge en el crecimiento personal de Oliver, un niño que se muda con sus padres al Campo de Gibraltar, punto más al sur de Europa, donde no solo es testigo de todo el proceso previo al paso del cometa, sino también de todos los cambios que se producen en su vida: nuevo colegio, nuevas amistades, nueva casa, nuevos vecinos, nuevo clima; nuevo estilo de vida.



A través de dichos elementos, el director consigue plasmar y anexionar de manera muy completa la inocencia en la infancia y la vida durante los años 80. Esto se debe al hecho de que, desde el curso académico 1985/86 hasta marzo de 1986, Óliver vive las típicas inquietudes y tendencias de la juventud ochentera en España, como el sentimiento de pertenecer a un círculo de amigos, la relación que entabla con su familia, el fútbol como deporte estrella, una vida en su inmensa mayoría en la calle, la pista de juego y los privilegios con los que cuenta el grupo más mayor de jóvenes a la hora de hacer deporte y arrebatarle el campo a otros siempre y cuando ellos quieran, así como el día de Navidad y de Reyes. 


En contraparte, el drama tampoco está ausente ya que Oliver también presencia aquellos problemas y tensiones que transcurren en su entorno, como las discusiones que se viven entre sus padres, la falta de patrimonio en la casa, o el hecho de que no termine de encajar en el colegio.



Gracias a estos tópicos que aborda el filme, no es de extrañar que seguramente haya una gran parte del público que vivió su juventud en aquella época que simpatice enormemente con las andanzas de Oliver. Otro de los motivos de la notoriedad de la película en esta cuestión es debido a que es muy apreciable ver que existe un estrecho vínculo que une a Oliver y a su autor y, por ello, gran parte de las vivencias que experimenta el personaje en Campo de Gibraltar estén fuertemente influenciadas por la infancia del director.


Otro aspecto a destacar es el interés que presenta el realizador por elementos que están estrechamente vinculados al género de ciencia ficción. A raíz de la timidez y el nerviosismo del personaje, causados en gran medida por haberse tenido que cambiar de casa por cuarta vez, Óliver tiene una imaginación exuberante que lo hace refugiarse en su propio universo. Esto lleva a la cinta a presentar aspectos ficticios como un coche-cohete, insectos fantásticos, bujías o un partido de fútbol que le otorgan al largometraje una estética más particular con un lado mágico y emocional, además del dramático con el que cuenta en primera instancia.



Pese a que es indiscutible decir que Oliver y su universo son el centro de atención de la trama,
la película también tiene el propósito de llegar al público con otras personalidades que se aproximan a distintas edades y géneros. Los personajes que lideran la lista son, por encima de todo y en orden de relevancia, el padre de Oliver y su abuelo.

El protagonismo que ganan ambas figuras familiares está decentemente explorado y el espectador logra nutrirse, en mayor o en menor medida, de ambos puntos de vista. Para empezar, el peso que cobra el abuelo es menor sobre todo si lo comparamos con el del padre. Si bien se comprende la relación que entabla con Óliver y cómo él es la pieza angular que le lleva al niño a divagar en el universo y abstraerse en sus propios pensamientos, hay tópicos como su borrachismo o su mala salud que simplemente no añaden nada nuevo al género y van en su contra. Además, su importancia comienza a desinflarse ya que, conforme se va acercando al clímax, el filme cuenta con una escena utilizada como flashback que, en términos de montaje, termina siendo inadecuada y hubiera tenido un mayor impacto si se hubiera optado por ponerla en orden cronológico.



Por otra parte,
las motivaciones del padre de Oliver tienen una buena fortuna y se comprenden de mejor manera. En este caso, la falta de dinero que hay en la casa y la necesidad de tener un empleo que le llevan a buscar desesperadamente un puesto de trabajo que le aporte un sustento económico son, sin estar intrínsecamente unidos al protagonista, el principal interés del filme. Sin embargo, esto comienza a perder atención en el momento en el que el progenitor trata de buscar otras maneras -poco ortodoxas- con las que mantener la casa y llegar a fin de mes. Entre ellas se encuentra una alternativa a la que la película casi no le presta apenas atención y que se siente precipitada en el instante en el que la audiencia toma consciencia de ella.

Pero si de momentos cumbres en los que sí se aprecia de manera notoria la relación paterno-filial hablamos, no podemos olvidar aquella secuencia en la que ambas figuras, tanto padre como hijo, tratan de hacer frente y soportar de la mejor forma posible su carta de presentación al escenario laboral y educativo. Aquí, el nerviosismo, la vergüenza, la inseguridad y los tacs no están ausentes en ambos puntos de vista y muestran cómo, pese a la edad, ninguno de ellos se libra de tensiones. Mientras en uno las inquietudes son el deseo de alejarse del centro de atención (en este caso, el proyector de un aula), los susurros y las primeras impresiones de sus compañeros de clase, y una meada inintencionada en los pantalones como culmen; en otro son la conversación, el acto de presentar el perfil profesional y, por encima de todo, no dejar a la vista aquellos manchones de los que uno se avergüenza en su currículum y que le hacen estancarse en el ascensor social.



Prosiguiendo con aquellos aspectos que involucran directamente a Óliver, otra preocupación del filme son los amigos que hace el personaje en el instituto y la compañera de clase de la que se enamora. En primera instancia, al comenzar la película con el protagonista transitando el pueblo con un grupo de niños de su misma edad que le presenta el lugar, las costumbres y la gente que lo habita, se puede percibir como primer acercamiento que este asunto va a tener valor en la película. Nada más lejos de la realidad, se da por hecho que su timidez e introversión no son obstáculo para él a la hora de hacer el esfuerzo de entrar en un grupo de amigos, pues el público se encuentra en la tesitura de que el niño de una secuencia a otra ha logrado integrarse y, lo que es más importante, ha conseguido ser querido dentro de su círculo.


En segundo lugar, el pequeño  romance que entabla Óliver tal y como está presentado no ofrece apenas nada a la historia y no deja de estar presente el tópico del hecho de que el hermano de la niña sea casualmente el mayor del instituto; séase el “malote”. De hecho, se quiere aprovechar dicho asunto para hablar de otros temas como las clases sociales, la segmentación de barrios, el desprecio hacia el pueblo gitano o el tráfico de drogas en Algeciras. Aunque resulte tentador abordarlo, esto último es lanzado en pequeñas dosis ya que no hay ni tiempo para desarrollarlo ni forma parte del núcleo de la historia.



Pese a ello, de lo que no nos queda duda en El Universo de Óliver es que la época de infancia, con los malos y los buenos momentos incluidos, será recordada gratamente desde el pasado. Del cometa Halley de 1986 al próximo que está previsto para 2061,
se nota que sus creadores fueron partícipes de esa generación de niños que creció entre los años 80 y 90. Y es por ello que el público logra adentrarse en las inquietudes que se avecinaban dentro de la cabeza de un niño que no entendía ni de cometas ni mucho menos de andaluciadas. 

-Víctor Vicente

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