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Crítica: "La virgen de agosto" de Jonás Trueba

Jonás Trueba lleva el cine en la sangre. Pero también lleva Madrid, la música, la literatura, las relaciones emocionales, las dudas existenciales, el amor romántico (y su transfiguración) y alguna cosa más. Todas ellas son protagonistas de sus películas. Y en esta, su quinta cinta (recordemos las cuatro previas: “Todas las canciones hablan de mí” (2010), “Los ilusos” (2013), “Los exiliados románticos” (2015) y “La reconquista” (2016)), la depuración de su constante macedonia temática ha alcanzado un grado de destilación y equilibrio que roza la brillantez. Ayudado -no poco- por la presencia de Itsaso Arana (que ejerce el rol principal y es co-guionista de la película), su aportación quizás sea la causante del mejor carácter escrito hasta la fecha por Jonás, Eva, que alcanza a solidificar frente al espectador un rango emocional femenino casi ilimitado, como pocos se han visto en el cine español moderno. Es por la sutilidad casi invisible de tamaño registro (por el que Itsaso merece mil aplausos), que la cinta fluye con un pulso magnífico.

Acostumbrados a la pausa y la contemplación (con algo de pendantería ocasional) en el cine de Jonás Trueba, “La virgen de agosto” no se aleja demasiado de ese postulado como marco de partida, pero tras la presentación (el personaje que le cede la casa a la protagonista), la cinta se sumerge mucho más profundamente en la naturaleza femenina y sus contradicciones, sus raíces, inseguridades y vínculos. Y acierta de pleno al tejer sobre la visión de Eva -en un Madrid caluroso y céntrico- el tapiz humano y urbano que se despliega ante ella sin estridencias. El conjunto de personajes secundarios (destaca la desarmante solvencia y estoicidad de Vito Sanz) que sirven para reflexionar sobre la amistad, la madurez, el amor, el sexo, la maternidad, la vocación o la soledad, son un rico y variado tapiz en un hermoso viaje de autodescubrimiento de la identidad.

Si en pasados trabajos del realizador podían achacársele ciertos excesos expositivos lastrados por una querencia sobredimensionada de sus obsesiones y puntos de fuga culturales fetiche (la nouvelle vage, el empleo remarcado de las canciones, los tiempos muertos exasperantes), en “La virgen de agosto”, todo fluye con una naturalidad más acompasada con la personalidad de su personaje central y su viaje emocional, por ello el tempo resulta más preciso y no por ello acelerado. Apenas hay fisuras entre lo que el director quiere mostrar y lo que narra, potenciado todo ello por una fotografía exquisita de Santiago Racaj, en la que Madrid (más secundaria como personaje que en otras cintas de Jonás) envuelve en lugar de enmarcar el pasear de Eva. Que siendo su película más larga hasta la fecha (125 minutos), sea también la más dinámica y entretenida, resulta esclarecedor del tino con el que ha resuelto el director la propuesta. Es por esta sucesión de aciertos (y muchos otros detalles que deben apreciarse viendo la película), que “La virgen de agosto” de Jonás Trueba se convierte -probablemente- en la mejor obra de su autor y una experiencia audiovisual que todo aficionado al cine de calidad con poso no debería dejar pasar.

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