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  • Foto del escritorMayka Fernández-Juárez

Crítica | Pequeños grandes amigos

Desde Francia y con título original Quand tu seras grand, nos llega esta dramedia que apunta directa a nuestro lado más sensible.

Mientras el comedor de un colegio está en obras, los pequeños se ven obligados a compartir espacio con los residentes de un centro de la tercera edad a la hora de comer. Los trabajadores del centro, que siempre van de bólido por falta de personal, no parecen muy entusiasmados con la idea, pero no les queda otra opción que resignarse y ver cómo, a pesar del gran salto generacional, niños y ancianos crean una conexión única que les hará sonreír como no lo hacían en mucho tiempo.


Los primeros días todo resulta algo caótico y tanto los niños como Aude, su monitora, desean fervientemente volver al colegio. Sin embargo, poco a poco se van creando vínculos entre los críos y los ancianos a raíz de la convivencia. Una de las subtramas más importantes es la relación entre Brieuc, el niño más rebelde del grupo, e Yvon, un anciano con pasión por la nostalgia que apenas se despega de su mujer. Por otro lado, se produce una preciosa unión a partir de la música entre Clémentine, una niña que canta como los ángeles, y Marguerite, una residente enamorada de las artes. Lo que al principio parecía imposible por el gran salto generacional y la tensión inicial de Aude y los empleados de la residencia, se convierte en el pilar fundamental de la obra.

Pequeños grandes amigos es una película que quizás no nos cambiará la vida, pero sí nos hará pensar en ella y en lo efímero que resulta cada momento cuando aplicamos cierta perspectiva. El contraste entre niños y ancianos transmite una melancolía irrefrenable al mostrar la realidad de la última etapa de la vida de muchos seres humanos y las diversas fases y facetas que esta conlleva: soledad, fragilidad, dependencia y resignación; aquí acompañada por la inocencia y bondad innata de los pequeños, que tienen toda la vida por delante y los que, inevitablemente, sufren el declive y la pérdida de algunos de sus nuevos amigos.


Los directores franceses Andréa Bescond y Eric Metayer, que son pareja en la vida real y también actúan en la película junto a sus hijos pequeños, nos presentan una historia de esperanza fugaz. Una frágil burbuja de felicidad que aboga por que la tercera edad no sea la sala de espera del purgatorio, sino un premio por los años vividos y una oportunidad para descansar y disfrutar de esos últimos momentos sin preocupaciones ni cargas. A la vez, demuestra que no es necesario contar con un presupuesto hollywoodiense para crear una película con una trama trascendente, unas actuaciones fantásticas y unas características visuales más que notables.

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